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El tango argentino: de los arrabales porteños a la UNESCO — historia, filosofía y lenguaje del cuerpo

7 min de lectura Por Alejandro Vega

Un recorrido por la transformación del tango desde los conventillos marginales hasta su consagración como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, explorando su dimensión filosófica y la elocuencia silenciosa del abrazo.

El abrazo que nació en el margen

En los conventillos hacinados del Buenos Aires finisecular, donde inmigrantes italianos, españoles y judíos compartían patios con criollos descendientes de esclavos africanos, germinó una expresión artística que habría de convertirse en emblema de la identidad rioplatense. El tango no surgió en los salones elegantes de la oligarquía porteña, sino en los márgenes urbanos donde confluían la nostalgia del desarraigo, la soledad del hombre solo y el anhelo de pertenencia.

Resulta imprescindible comprender que este baile, hoy reverenciado en milongas de Tokio y Berlín, fue durante décadas objeto de desprecio por parte de las clases acomodadas. Las autoridades eclesiásticas lo condenaban como inmoral; la burguesía ilustrada lo consideraba una vulgaridad impropia de gente decente. Fue necesario que París lo consagrara en sus salones para que Buenos Aires, con esa paradójica dependencia cultural que caracterizó a las élites latinoamericanas, aceptase finalmente aquello que había nacido en sus propias entrañas.

La genealogía de un mestizaje sonoro

El tango constituye un palimpsesto musical donde se superponen capas de influencias heterogéneas. Del candombe afrorrioplatense heredó la síncopa y cierta gravedad rítmica; de la habanera cubana, el característico patrón binario; de la milonga pampeana, la cadencia melancólica del gaucho errante. A estos sustratos se sumaron las melodías napolitanas que los inmigrantes tarareaban mientras añoraban un Mediterráneo que jamás volverían a ver.

El bandoneón, instrumento que llegaría a simbolizar el tango por antonomasia, arribó a estas costas recién a finales del siglo XIX, procedente de Alemania, donde había sido concebido como órgano portátil para ceremonias religiosas. Que un instrumento diseñado para la liturgia protestante se convirtiera en la voz del arrabal porteño constituye una de esas ironías deliciosas que abundan en la historia cultural.

La Guardia Vieja y el nacimiento del canon

Los primeros tangos carecían de letra; eran piezas instrumentales ejecutadas en prostíbulos y academias de baile de dudosa reputación. Figuras como Ángel Villoldo y Rosendo Mendizábal establecieron los cimientos de un repertorio que posteriormente enriquecerían compositores de mayor sofisticación armónica. No obstante, sería la generación posterior, encabezada por Carlos Gardel y los poetas del lunfardo, quien elevaría el tango a la categoría de arte mayor.

Filosofía del abrazo: el cuerpo como discurso

Quienes reducen el tango a una secuencia de pasos coreografiados demuestran una incomprensión radical de su esencia. El tango es, ante todo, un diálogo corporal entre dos seres que, durante los minutos que dura una pieza, construyen juntos un universo efímero e irrepetible. El abrazo tanguero no constituye un mero marco técnico, sino el espacio donde acontece la comunicación más íntima entre dos desconocidos.

El filósofo alemán Walter Benjamin, quien visitó Buenos Aires en la década de 1920, intuyó en el tango una manifestación de lo que denominaba “experiencia aurática”: ese encuentro único e irreproducible que resiste la serialización característica de la modernidad. Cada tanda bailada es una obra de arte instantánea que se desvanece apenas concluye la última nota.

La gramática silenciosa del movimiento

En el tango, quien conduce propone con sutileza; quien sigue interpreta y responde. Esta dinámica, que superficialmente podría interpretarse como una reproducción de roles patriarcales, revela complejidades insospechadas cuando se la examina con detenimiento. El verdadero bailarín sabe que conducir no significa imponer, sino crear las condiciones para que el otro se exprese. La marca tanguera opera como una invitación, jamás como una orden.

Los milongueros veteranos hablan del “tercer cuerpo”: esa entidad que emerge cuando dos bailarines alcanzan un grado de conexión tal que sus movimientos parecen brotar de una voluntad compartida. Este fenómeno, difícil de explicar racionalmente, constituye el horizonte místico hacia el cual tiende toda práctica tanguera auténtica.

De la proscripción a la consagración universal

El 30 de septiembre de 2009, la UNESCO inscribió al tango en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Esta decisión, celebrada en ambas orillas del Río de la Plata, reconocía formalmente lo que millones de aficionados ya sabían: que el tango trasciende las fronteras nacionales para articular algo esencialmente humano.

Sin embargo, esta consagración institucional entraña riesgos que no deberíamos soslayar. Cuando una expresión popular se convierte en patrimonio oficial, se expone a la museificación, a convertirse en espectáculo folclórico despojado de la vitalidad que le dio origen. El verdadero desafío consiste en preservar el tango como práctica viva, no como reliquia embalsamada.

Coda: el tango como resistencia

En un mundo dominado por la aceleración y la virtualidad, el tango propone una forma radical de presencia. Exige que abandonemos las distracciones, que habitemos plenamente nuestro cuerpo, que nos entreguemos a la escucha del otro. Quizás resida ahí su vigencia contemporánea: en ofrecer un antídoto contra la dispersión existencial que caracteriza nuestra época.

El tango sobrevivió a la condena moral, al olvido, a las dictaduras que prohibieron sus letras subversivas. Sobrevivirá también a su patrimonialización, mientras existan dos personas dispuestas a abrazarse y caminar juntas, improvisando sobre el silencio.

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