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La transición española: el pacto del olvido, la ley de memoria histórica y las cicatrices que el tiempo no cierra

7 min de lectura Por Alejandro Vega

La transición española se erigió sobre un pacto de silencio que prometía reconciliación pero sembró amnesia colectiva. Cuatro décadas después, las fosas comunes y los debates parlamentarios demuestran que ciertas heridas permanecen abiertas.

El silencio como arquitectura política

Cuando Francisco Franco exhaló su último aliento en noviembre de 1975, España se encontraba ante una encrucijada que habría de definir su destino durante generaciones. El dictador moría en su cama, impune, mientras miles de víctimas yacían en cunetas sin nombre y en fosas comunes que nadie se atrevía a señalar. La pregunta que entonces se formulaban los artífices del nuevo régimen no era cómo hacer justicia, sino cómo evitar que la justicia descarrilara el frágil tren de la democracia incipiente.

Así nació lo que posteriormente los historiadores denominarían el «pacto del olvido»: un acuerdo tácito entre las fuerzas políticas emergentes para construir el futuro sobre los cimientos del silencio. No se trataba de un documento firmado ni de una cláusula constitucional explícita, sino de algo más sutil y, quizás por ello, más pernicioso: una cultura política del «mirar hacia adelante» que convertía la amnesia en virtud cívica.

La Ley de Amnistía de 1977: perdón o impunidad

La Ley 46/1977, promulgada en octubre de aquel año convulso, constituye el pilar jurídico sobre el que se edificó este consenso del silencio. Paradójicamente, quienes la impulsaron con mayor fervor fueron los partidos de izquierda, ansiosos por liberar a los presos políticos del franquismo. Sin embargo, la ley funcionaba como un espejo de doble cara: si bien abría las celdas para los opositores al régimen, simultáneamente blindaba a los torturadores, a los jueces que firmaron sentencias de muerte y a los funcionarios que engrasaron la maquinaria represiva durante cuatro décadas.

Resulta imperativo que comprendamos la complejidad de aquel momento histórico. El golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 demostraría que los fantasmas del autoritarismo no se habían desvanecido; el ejército permanecía como una amenaza latente, y la memoria de la Guerra Civil pesaba como una losa sobre cualquier intento de ajuste de cuentas. ¿Acaso podía permitirse España el lujo de la verdad cuando la verdad amenazaba con incendiar de nuevo el país?

Las fosas: geografía del horror silenciado

Mientras los políticos negociaban en los despachos de la Moncloa, bajo la tierra española permanecían enterrados más de ciento catorce mil desaparecidos, según estimaciones de las asociaciones de memoria histórica. Esta cifra convierte a España en el segundo país del mundo con más víctimas de desapariciones forzadas, únicamente superado por Camboya. No obstante, a diferencia de Argentina, Chile o Sudáfrica, España jamás estableció comisiones de verdad ni procesos de justicia transicional.

Las familias que buscaban a sus muertos fueron condenadas a un duelo perpetuo, a visitar cunetas sin lápidas, a guardar un dolor que la sociedad consideraba inconveniente. Que el Estado democrático no asumiera como propia la tarea de exhumar e identificar a las víctimas constituye una anomalía histórica que dice mucho sobre los límites de la transición celebrada.

La Ley de Memoria Histórica: un intento tardío

Hubo que esperar hasta 2007 para que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero promulgara la Ley de Memoria Histórica. Era, sin duda, un paso adelante, aunque llegaba treinta años tarde y con recursos insuficientes. La norma reconocía a las víctimas de ambos bandos, facilitaba la localización de fosas y ordenaba la retirada de símbolos franquistas del espacio público.

Sin embargo, sus detractores señalaban que la ley adolecía de una debilidad congénita: no anulaba las sentencias de los tribunales franquistas ni establecía mecanismos coercitivos para las administraciones que se negaran a cumplirla. Miles de alcaldes miraron hacia otro lado, y las calles dedicadas a generales golpistas permanecieron intactas en numerosos municipios.

La Ley de Memoria Democrática de 2022: ¿cierre de heridas?

La reciente Ley de Memoria Democrática, aprobada durante el gobierno de coalición, pretende subsanar las carencias de su predecesora. Declara ilegal el régimen franquista, establece un censo de víctimas, crea un banco de ADN para identificar restos y convierte en obligación del Estado la búsqueda de desaparecidos. Asimismo, anula las sentencias dictadas por tribunales de excepción.

No obstante, la polarización política actual ha convertido la memoria en campo de batalla. Sectores conservadores denuncian una supuesta «revancha» que reabre heridas cicatrizadas, mientras las asociaciones de víctimas responden que resulta imposible cicatrizar lo que nunca se limpió. El debate revela que la transición, lejos de resolver el conflicto, lo aplazó.

Reflexión final: el peso de lo no dicho

Acaso la mayor lección que extraigamos de este proceso sea que el silencio no equivale a la paz. España construyó una democracia ejemplar en muchos aspectos, pero lo hizo sobre arenas movedizas de verdades a medias y dolores reprimidos. Las generaciones que no vivieron la dictadura heredan ahora la responsabilidad de completar una transición que sus mayores dejaron inconclusa.

Como escribiera el poeta Gil de Biedma, «de todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España». Quizás porque es una historia que aún no nos hemos atrevido a contarnos del todo, una narración interrumpida que aguarda, paciente y obstinada, el momento en que finalmente tengamos el coraje de pronunciar las palabras que durante demasiado tiempo callamos.

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